Fuera hace el frío y la humedad de todas las noches
de enero. Los caballos del valle lo saben.
Parece que en este rincón perdido
por fin nos ha dejado solos el mundo.
Aquí sólo hay río y dientes de montaña. Sólo su rostro
levemente iluminado por el cuadro de luces.
Leves tonos rojizos y verduzcos en la comisura de sus labios.
A veces con la excusa de escribir enciendo
la pequeña luz del techo.
Sólo entonces puedo apreciar en su perfil
la complejidad de su trama
mientras ella toma la curva, acelera
y nos lanza eternos a través de la niebla.
Carretera a Gijón
Tras la playa de arena naranja, tras las huellas de los dinosaurios y el mirador al pueblo de pescadores, retomamos camino hacia Gijón, con la música en bucle. Ella no se cansa, continúa iluminada sólo por las luces del cuadro, de la radio. De vez en cuando la luz de una farola o de otro coche a la contra ilumina su rostro y yo la miro sin decir nada, mientras escribo, mientras ella sigue sin más concentrada en el camino.

Un placer leerte.
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